Siempre me han cargado las despedidas. Llorona incorregible, prefiero cortarle el elástico a la pena mediante ese defecto/cualidad que se transmite en mi familia de generación en generación, sin saltarse ninguna, como el gen más dominante de todos: la planificación compulsiva. Gracias a eso puedo empezar a saborear desde ya los reencuentros que todavía van a demorarse un poco en llegar, y así transformar las trágicas despedidas en pequeñas transiciones. Así fue como me no-despedí de Thomas, mi alemán favorito, que encontró lo que buscaba de vuelta en su casa la semana pasada, después de demasiado tiempo lejos de la civilización... Y así es como me no-despido otra vez de mi familia, que volvió ayer a Chile después de unas vacaciones tan lindas, tan lindas, que ameritan una publicación aparte...